miércoles, 12 de marzo de 2008

Vender... Para no ser Perros del Hortelano. Rodrigo Montoya. 4/3/08

ALAN GARCÍA: VENDER LA AMAZONÍA Y TODO EL PERÚ PARA NO SER ´PERROS DEL HORTELANO´

Rodrigo Montoya Rojas

Lima, marzo 4, 2008.

En octubre y noviembre del 2007, y el 2 de marzo de 2008 el presidente Alan García publicó tres artículos en el diario "El Comercio" de Lima oponiéndose a las peruanas y peruanos que como el "perro del hortelano" no comen ni dejan comer. En esta infeliz metáfora la comida es el conjunto de recursos del Perú, en particular los bosques de la Amazonía y las tierras comunales de los Andes y de la Costa. Por el carácter panfletario de sus artículos, parece que los perros del hortelano fuéramos todos los peruanos, pero si se observa atentamente la lógica del desprecio presidencial, los principales perros del hortelano son los comuneros andinos, amazónicos y costeños, que habitan los pueblos donde se encuentra la reserva de solidaridad y reciprocidad más importante para el presente y futuro del Perú. Serían también los "antimineros", "pluriculturalistas" y "patrioteros" y los "10,000 activistas agresivos y callejeros" que se oponen a la política del gobierno aprista. No hay en el razonamiento del señor García respeto alguno del derecho que las peruanas y peruanos tenemos de no creer en su gobierno y de ser parte de una legítima oposición. Por eso, insulta a quienes no piensan como él.

Sus tres artículos no son textos políticos serios, tampoco textos académicos, son panfletos de elemental propaganda capitalista. El Sr. García generaliza con toda libertad, se mueve en un mundo de oposiciones totales, blanco y negro sin matices: de un lado, los malos peruanos que no quieren el progreso del país y, del otro, los buenos como él que defenderían ese progreso. No menciona ninguna fuente de la información que ofrece, tampoco cita a algún autor que sostenga las tesis que él presenta como nefastas. Sus cifras contra la pobreza son sólo globales, sin desagregados puntuales que permitirían, entre otras cosas, lo que cuesta la burocracia que se ocupa de la pobreza. García dice que quería iniciar un debate, pero no responde a ninguno de sus críticos. García sólo se oye a sí mismo y a quienes lo aplauden. Al resto lo mira desde su desdén, menosprecio y soberbia. En esas condiciones ningún debate es posible. La pobreza intelectual del presidente queda en evidencia. ¿Qué debate puede haber cuando las categorías son más insultos que conceptos? Si ustedes, lectoras y lectores fueran parte de los millones de comuneras y comuneros de la Amazonía, de los Andes y de la Costa, ¿les gustaría que el presidente de la república los trate de perros? Por desgracia, en el lenguaje peruano común y silvestre, perro es un insulto. Lo digo con mi debido respeto por los perros.

Algunas de las tesis centrales que Alan García defiende en su panfleto son las siguientes: si no hay propietarios, no hay inversión; la Amazonía tiene un potencial que no se explota, las concesiones no sirven; hay que vender las tierras comunales, con el simple acuerdo de la mayoría más uno de los votos de la asamblea comunal; hay que vender todas las propiedades del Estado.

Como todo político de derecha, García está convencido de que la única propiedad que cuenta es la individual, que la propiedad colectiva no debiera existir porque es parte del llamado atraso o de la pre-modernidad, y que los derechos sólo debieran ser individuales. Si el señor García conociese algo de la historia y la realidad peruana no cometería el gravísimo error de creer que en las comunidades campesinas se tienen tierras en abandono. Si supiese algo de la literatura antropológica e histórica disponible sabría que en la lógica andina de la agricultura el descanso es parte de un ciclo de recuperación de la capacidad productiva de la tierra, sobre todo en zonas donde sólo se cuenta con el agua de las lluvias, que son la gran mayoría de la agricultura peruana. En 1971, en las comunidades de la provincia de Aymaraes –Apurímac- se dejaba descansar a las parcelas sólo cinco años y no diez como era la norma del saber agrario, debido a la presión demográfica: más bocas que alimentar. Hubo sí un proceso de abandono de tierras en zonas de la guerra interna cuando los campesinos e indígenas huían de los fuegos de Sendero Luminoso y las fuerzas armadas.

Desde que los recursos de la Amazonía fueron entregados en concesiones sobre todo a empresas petroleras, de gas, mineras y a madereros privados, las organizaciones indígenas de la Amazonía, particularmente AIDESEP, tuvieron la generosidad de pensar en los pueblos indígenas aún no contactados. Se trata de peruanas y peruanos hermanos nuestros que vivieron todas sus vidas en los bosques y que ante la agresión de la llamada civilización occidental y cristiana prefieren vivir escondidos y al margen. Fueron los pueblos amazónicos los que en miles de años organizaron el espacio y el paisaje que conocemos y que el capitalismo depredador trata de convertir en un inmenso desierto. Si por el interés capitalista la Amazonía va quedando como un damero, los propios pueblos indígenas propusieron reservar espacios del bosque para que los pueblos no contactados encuentren su "mitayo" (carnes y peces del monte, sobre todo) para seguir viviendo. Por ignorancia, el señor García se burla de uno de los gestos de solidaridad más extraordinarios de la sociedad peruana en los últimos años. En su afán de defender a las empresas petroleras, se atreve a decir: ¨Y contra el petróleo han creado la figura del nativo selvático no conectado".

El Señor García propone que los bosques y las tierras aptas para la ganadería y la agricultura se entreguen en propiedad y que las concesiones ya existentes para empresas petroleras, de gas y mineras sean respetadas. En la Amazonía, los Andes y la Costa, no hay tierras baldías o de nadie; allí las comunidades campesinas y nativas tienen títulos y el presidente de la república debiera ser el primer ciudadano en respetarlos. Hace mucho tiempo que el llamado "vacío amazónico" -aquel de la "selva libre" o "paraíso verde" por colonizar, en tiempos del primer gobierno de Fernando Belaunde entre 1963 y 1978- fue claramente desmentido. 42 pueblos indígenas pertenecientes a 12 familias lingüísticas tienen ahora reconocidas una pequeña parte de sus tierras, luego del despojo colonial. No se les puede ignorar. Ya dejaron sentir sus voces oponiéndose a la "ley de la selva" que el gobierno aprista elabora precisamente para vender la amazonía.

El presidente García está convencido que sólo las grandes empresas salvarán al Perú, la iniciativa privada sería la única capaz de aprovechar los recursos del país, que el Estado sólo debiera servir como un promotor de la eficiencia privada. Alemania, Japón y Corea serían los ejemplos a seguir.

Los artículos del Sr. García aparecieron en un contexto muy preciso, marcado por una importante oposición en Perú a la gran minería que tiene las tasas más altas de ganancia en la historia y disfrutan del apoyo total de los últimos gobiernos, y a una ley que abre las puertas de la inversión privada en el turismo en contra de la opinión sensata de los arqueólogos y de las autoridades y ciudadanos del Cusco que saben bien de lo que la inversión privada es capaz de hacer con el patrimonio cultural del país. En su campaña electoral el Sr. García prometió imponer un impuesto especial sobre las grandes ganancias de las empresas mineras para obtener alrededor de 5 mil millones de dólares. Después de su victoria cambió de parecer y sólo pidió a sus "amigos mineros" que cristianamente ofreciesen un ¨óbolo¨ para el desarrollo del país. La caridad prometida fue de 500 millones de soles (172.4 millones de dólares) con la condición de que las empresas decidiesen en qué se gastaría ese dinero. En Tambogrande y Huancabamba (Piura) las comunidades campesinas dijeron: "no queremos que las empresas mineras contaminen nuestra aguas". A pesar de su fuerza y enorme poder, las empresas canadiense y china tuvieron que dar marcha atrás. Con otra muestra de ignorancia el Señor García escribe: "Aquí todavía discutimos si la técnica minera destruye el medio ambiente, lo que es un tema del siglo pasado". El Sr. García cree que la nueva minería no afecta al medio ambiente, que la antigua sí. Es eso lo que sostienen las grandes empresas. Estas se atreven incluso a sostener que los llamados mineros informales le hacen más daño al medio ambiente que las grandes empresas. En este punto preciso el Sr. García concuerda con su amigo Bush e insulta a los defensores del medio ambiente llamándoles comunistas y oportunistas. Nunca las grandes empresas mineras tuvieron un presidente como Alan García. Su felicidad no puede ser mayor.

¿Cual es la originalidad de Alan García en sus tesis contra los llamados perros del hortelano? Ninguna. La idea de la propiedad como recurso para la inversión que el desarrollo capitalista requiere es muy vieja, y forma parte del catecismo burgués de los primeros días, hace tres siglos. Desde tiempos de Bolívar, 1824-25, en Perú, los llamados indios fueron considerados como ciudadanos y peruanos propietarios con el derecho de vender. Luego, los empresarios y terratenientes heredaron la idea: recuerden que entre 1920 y 1930 los hacendados de Puno propusieron liquidar las comunidades para expandir sus latifundios; que en el primer gobierno de Alan García (1985-1990) sus parlamentarios presentaron un proyecto de ley para que las tierras no trabajadas de las comunidades costeñas sean privatizadas. Todas esas propuestas fracasaron. Fue con el gobierno de Fujimori que los neoliberales con el apoyo del Banco Mundial impusieron el Proyecto Especial de Titulación de Tierras y Catastro Rural (PETT) y, desde entonces, está en marcha, sin tropiezo alguno, el proceso de privatización de las tierras comunales con la entrega de títulos de plena propiedad privada para sus beneficiarios.

Si en sus textos Alan García hubiese dado cuenta de la transformación del Apra y de la evolución de sus propias ideas, defendiendo su derecho de cambiar, habría tenido que mencionar, por ejemplo, la nacionalización de la tierra, uno de los puntos del programa histórico llamado auroral¨ del Apra. Si hubiese dicho una palabra sobre el punto habría dado muestra de un mínimo de honestidad intelectual.

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