miércoles, 28 de mayo de 2008

Por qué debemos defender el patrimonio arqueológico. Gori Tumi Echevarría López, 24/5/08

Por qué debemos defender el patrimonio arqueológico, a propósito de la Guaca[1] San Marcos.

Muchas personas me han preguntado por qué se debe defender el patrimonio arqueológico, las “guacas”, por qué debemos cuidar algo que esta arruinado y viejo, qué es lo que nos vincula a eso. Y los que se hacen esa pregunta tienen mucha razón en ello, esta es una cuestión crucial en estos tiempos, porque genera conflictos de auto estima y degenera el valor social de una ciudad, de un país, con un arraigo cultural milenario.

Yo pienso que este problema pasa por una apreciación sociológica y patrimonial mínima. Los monumentos arqueológicos, en el Perú, no son bienes físicos sin importancia o con importancia mediática, los monumentos arqueológicos son reliquias del pasado cuyo valor radica en aspectos de auto reconocimiento colectivo, porque son agentes vinculantes de una identidad social donde están depositados los vestigios de nuestro desarrollo nacional autónomo; su valor radica en que guardan con prístina pureza los elementos esenciales de nuestra identidad natural y de la moral de nuestra sociedad. Son herencia y tesoro cultural del cual somos un reflejo.

Lamentablemente la colonia y su terrible proceso de destrucción y opresión sociocultural han trastocado mucho de los valores innatos de respeto a nuestro pasado y nuestro patrimonio cultural milenario. La colonia europea siempre despreció nuestra naturaleza originaria, porque le parecía vergonzosa, sucia, vil, e hizo todo lo posible para eliminar los vestigios de nuestra identidad autónoma, que incluía las costumbres ancestrales, nuestra ideología y el respeto a la naturaleza y a nuestras guacas.

La identidad nacional, basada en costumbres milenarias, fue socavada desde que los europeos tocaron el Tawantinsuyu (el Perú) y se incrementó progresivamente durante la consolidación de la colonia, las comunidades campesinas y la mayoría de peruanos quedaron relegados históricamente mediante los sistemas de explotación que fueron implantados, y cuyo pico remanente fueron los grandes sistemas feudo hacendatarios que sumieron a nuestro país en una desgracia opresiva con marcados matices esclavistas. Estas haciendas, que poblaron los países andinos como Perú y Bolivia facilitaron la explotación inhumana y la segregación clasista más vergonzosa de nuestra historia tardía, donde la riqueza se concentró siempre en pocas manos, de hacendatarios, industrialistas y políticos. Por supuesto la mayoría de ellos hijos criollos derivados de los grandes encomenderos gamonales de la colonia.

Durante esta época, las clases campesinas fueron totalmente segregadas, no tenían derecho a educación y eran tratadas con desprecio o con humillante paternalismo, de allí han derivado todos los prejuicios contra nuestra identidad, y el uso masivo del peyorativo de “indio” o “cholo” tan común hoy día. Ya en la actualidad los cambios sociales impuestos por la presión demográfica y el centralismo, además de las reformas agrarias, han hecho que la realidad post colonial haya variado; sin embargo las aproximaciones a las costumbres ancestrales o a las reliquias monumentales de nuestro pasado no han cambiando en gran medida por que las clases políticas gobernantes no se han visto reflejadas nunca en un pasado originario brillante, si no en una colonia gamonal idílica; donde los “indios” sus costumbres y sus cosas son despreciadas tácitamente. Ese es el sentimiento gobernante, una verdadera reminiscencia de colonialismo.

La sociedad en general, sobreviviente de este proceso, ha sido en gran medida, como es evidente, enajenada parcialmente de su identidad social primaria, y más cuando ha sido despojada históricamente de sus tierras y su patrimonio. En este contexto, el desprecio por el pasado y los monumentos arqueológicos, especialmente cuando se propugna la destrucción oficial de estas reliquias, expone un sentimiento colonial puro: el de acabar con todas las trazas de un país campesino, andino, con costumbres milenarias que no son las mismas de Europa, y cuyo desarrollo no es el mismo de Europa, y por lo tanto no merece la pena conservar o mantener.

Esta tendencia por la destrucción del patrimonio cultural peruano, enfrenta prácticamente la huestes de un conservadurismo criollo recalcitrante, que añora los monumentos de París, contra todos los criterios de preservación monumental contemporáneos (que irónicamente surgieron en Europa) y contra la sociedad que es heredera de ese patrimonio. La incongruencia es evidente. Entonces, si un gobierno no se siente identificado con su patrimonio arqueológico, con su pasado indígena, con su identidad milenaria, ¿cómo pueden verse identificadas grandes partes de la sociedad que no han racionalizado aún su concepto de identidad cultural, su perspectiva de origen, cuya sensaciones con el patrimonio cultural derivan de un proceso de enajenamiento sistemático?

“El Colonialismo supérstite”, como defina José Carlos Mariategui las aspiraciones eurocentristas de la literatura peruana, es el mismo colonialismo mental de aquellos que, como el actual gobierno peruano, se inspiran en el extranjero para crear todos sus “modelos” de desarrollo y todos sus modelos de modernidad. Aquel desarrollo y aquella modernidad que no se reconoce así misma en sus tesoros nacionales o en sus reliquias más sagradas, las guacas; es esa la modernidad que desprecia las ruinas de sus civilizaciones pasadas si estas no le reeditan económicamente.

Este es precisamente el prejuicio metal destructor de toda reliquia nacional que esté dentro de una hacienda, al frente de una carretera o se interponga a una mina; cuya lógica inevitable en el Perú es que no se pueden salvar los sitios arqueológicos si estos “interrumpen” el desarrollo nacional. Por su puesto este enfrentamiento es falso o tendencioso, y el hecho es que los sitios arqueológicos son el testimonio más puro del desarrollo nacional, y su tratamiento debería pasar por éste reconocimiento inmediato, el cual es negado a priori sobre la base de un desprecio necio por el pasado nativo y la ignorancia monumental hacia el tratamiento del patrimonio cultural peruano.

Todos los conflictos hacia los sitios arqueológicos y el patrimonio entonces parten de la premisa de un rezago colonial (cuyo principal exponente es el gobierno) y por la desidia e ignorancia sobre el tratamiento de los bienes culturales, que el mismo gobierno alienta en todas las instancias industriales asociadas al desarrollo nacional, cuyo eje principal pasa por las obras publicas. Y ésta es otra ironía, porque son los sitios arqueológicos, las guacas y sus tesoros culturales, los principales agentes del desarrollo nacional basado en el turismo.

Pero los sitios arqueológicos no están allí para convertirse en sitios turísticos, los monumentos nacionales no son paradas visuales para la sublimación alucinante y las fantasías etéreas de turistas extranjeros, los sitios arqueológicos son el testimonio de nuestra larga historia cultural, de nuestra misma existencia física, por cuya razón deben ser tratados con respeto y preservados por siempre. La destrucción de cualquier monumento arqueológico peruano, de cualquier guaca, solo por este hecho, debería traer como consecuencia la más grande ignominia social, lo cual no ocurre corrientemente.

Esta es pues una terrible realidad y proyectos civiles que involucran la destrucción de inmensos sitios arqueológicos, como la Guaca San Marcos (Foto 1), (La Guaca San Marcos tiene 300 m. largo x 200 m. ancho, x 30 m. de altura; y 2 mil años de antigüedad) se trazan sin reparos previendo estos hechos, es decir se hacen sabiendo deliberadamente que grandes e imponentes monumentos nacionales van a ser afectados. Esto es como trazar una autopista sabiendo que va a pasar por la pirámide de Keops en Egipto, o por la Pirámide del Sol de Teotihuacan en México. Esta previsión destructiva es tan impresionante como aberrante, y desnuda claramente la inoperancia e inutilidad de la organización estatal que debería preservar el patrimonio, es decir del Instituto Nacional de Cultura (INC - ahora Ministerio de Cultura). Si el INC no tiene el criterio suficiente para estimar la afectación negativa de un monumento que puede ser visto desde kilómetros de distancia, entonces esta institución no podría preservar ningún otro monumento nacional, menos los pequeños sitios, o los sitios con arte rupestre por ejemplo.

El caso de San Marcos, es impresionante por su elocuente inconsistencia técnica y patrimonial, especialmente considerando que hay al menos 3 grandes monumentos que pueden ser afectados por la obra civil de la Av. Venezuela. La afectación de un monumento por una carretera, en plena ciudad capital de Lima, es un ejemplo de la gran mediocridad de los planificadores urbanos peruanos, que no están tomando en cuenta los factores sociales y culturales vinculados al entorno donde se plantea el proyecto. Esto pone a estos ingenieros en un nivel intelectual paupérrimo, y demuestra con excesiva nitidez la ignorancia sobre cuestiones mínimas de cultura y planificación en el desarrollo de las obras civiles de Lima.

Un monumento como la guaca San Marcos (Foto 2) merece un tratamiento que involucre su intangibilidad total, no solo de su área física, si no de su entorno inmediato, lo cual descalifica a priori cualquier obra que este en contra de esta premisa. Para salvaguardar la guaca no se debe propugnar su intervención sino su resguardo, porque su importancia no radica en su valor como objeto turístico, si no como patrimonio nacional, como monumento histórico. Si esto no se comprende a cabalidad no se va a poder proteger el patrimonio arqueológico nacional, no solo en Lima, sino en cualquier lugar del país.

En países como el Perú, es necesario pensar los monumentos arqueológicos como monumentos de nuestra propia identidad, como sitios sagrados donde se encuentran las huellas marcadas de nuestros ancestros, donde descansan los espíritus milenarios de nuestra nacionalidad. Los sitios arqueológicos deben ser preservados porque son valores físicos de nuestra autoestima, porque son guacas, porque somos nosotros mismos.

Tenemos que sacudirnos de esta lacra ideológica de supervivencia colonial y propugnar la defensa de las guacas nacionales para la preservación integra de nuestra historia, de nuestro pasado milenario, ante la ignorancia y la prepotencia; nadie en sus cabales podría propugnar la destrucción de un sitio como la Guaca San Marcos. Si un sitio de la extraordinaria monumentalidad de la Guaca San Marcos es destruido en estos tiempos, habremos, sin ninguna duda, condenado a muerte al patrimonio arqueológico del Perú.

Lima, 24, mayo del 2008

Gori Tumi Echevarría López

Arqueólogo

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


[1] Guaca. Al menos desde el siglo XIV esta palabra fue usada en los andes para designar aquello con connotaciones sagradas. Así fue descrita por los españoles a partir del siglo XVI. Hasta el día de hoy “guaca” es el termino que se usa para designar los sitios arqueológicos del Perú, y significa sagrado.

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Fotos de la Guaca San Marcos


Foto 1. Vista panorámica de la Guaca San Marcos desde el noroeste. Foto tomada en 1994 por Gori Tumi Echevarría López


Foto 2. Vista actual de la fachada norte de la Guaca San Marcos, un edificio de barro de 2 mil años de antigüedad. Foto por Gori Tumi Echevarría López

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